Colaboraciones

La mortificación de Micaela

El filósofo, ensayista y docente universitario, Gustavo Lambruschini, reflexiona más allá del asesinato de la joven estudiante Micaela García.
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1 Un amplio síndrome. No se trata, en términos estructuralistas, de exculpar o de relativizar la responsabilidad del sujeto, i. e., de todo sujeto, que en definitiva es responsable de sus acciones y de sus palabras. No se trata entonces de exculpar al juez de Ejecución Penal Carlos Alberto Rossi por su decisión de otorgar la libertad condicional (a pesar de las pericias y de la oposición del fiscal) a un facineroso como Sebastián Wagner, sospechado ahora del crimen de Micaela. El Dr. Rossi no está solo; pertenece a un síndrome mucho mayor; se halla bien acompañado por otro juez de Ejecución Penal, no hace mucho exculpado, el Dr. Axel López; y, sobre todo, se encuentra potencialmente muy bien defendido por el jurista y ex-miembro de la Corte, el Dr. Eugenio Zaffaroni, entonces un devoto del ajuste de los magistrados al “derecho positivo vigente”, además de propietario de casas de citas.

– 2 Estructuras y sistemas. Así pues, entonces de lo que se trata, por el contrario, es de no excusar a las estructuras y a los sistemas que son las condiciones de posibilidad, i. e., las que hacen posible que acciones y palabras sean realizadas y dichas. Por plausibles principios morales y más allá de que se demuestre la culpabilidad de Wagner, el juez Carlos Alberto Rossi tomó una decisión enteramente censurable, ya por machista y sexista (si debemos ser severos), ya por ignorante de las estructuras del patriarcado o inconsciente y condescendiente con las reprochables relaciones sociales de género (si debemos ser benévolos). Sin embargo, el otorgamiento de la libertad condicional al reo no es, ni para la ley ni para la jurisprudencia ni sobre todo para la célebre “doctrina”, una simple aberración y un disparate al tiempo del ejercicio de la vigente judicatura.

– 3 Falsa consciencia.
En esta cuestión de búsqueda de responsabilidades la ignorancia es tan grande como injustificable. Se reclama la “presencia del Estado” para combatir la violencia de género, i. e., se reclama la presencia del status, sin advertir que es justamente esta omnipresencia estatal, la que explica y permite comprender las condiciones estructurales y sistémicas de los crímenes y violaciones a los Derechos Humanos que se perpetran a causa de las actuales relaciones de género. Se podría decir racionalmente y con fundamentos empíricos: ¡Es el status del patriarcado, estúpido!

– 4 Estado.
En efecto, en términos estructurales y sistémicos, el primer responsable de la violencia de género es el Estado mismo, dado que es una institución que desde su nacimiento en el Neolítico es por naturaleza esencialmente patriarcal. Estado y patriarcado han sido hasta la segunda mitad del siglo pasado, por fijar sólo una fecha, en buena medida equivalentes e intercambiables. Quienes reclaman “justicia” al Estado (o al Poder Judicial), no comprenden pues que hasta hoy en día es el Estado el gran encargado y el gran responsable de reproducir las relaciones de género.

– 5 Familia. Con consciencia de la Historia Universal, las relaciones sociales de género deben ser llamadas propiamente “familiares” o de la “familia monogámica”. En La Ideología Alemana se dice respecto del Estado en general: el Estado no es más que la forma por la que los individuos de una clase dominante hacen valer sus intereses comunes (sobre los dominados y oprimidos). Como órganos de dominación, el Estado y la institución patrimonial de la familia monogámica son, junto con la propiedad privada y las religiones, oriundas de la misma época histórica del Neolítico. La familia, regenteada por el pater familias, señor patrimonial dueño de la vida y aun de la muerte de todos los familiares, es la institución básica del patriarcado, es el patriarcado mismo. Más: la familia es una institución aún más paternalista y patriarcal, que el Estado mismo que se limita a reproducir coactivamente las relaciones de género, pero cuyas raíces se hallan en la familia y que en general son inculcadas y aprendidas en el proceso de la socialización primaria.

– 6 La religión. La otra facinerosa que no puede dejar de comparecer, es la religión como la más influyente y extorsiva ideología del patriarcado. El Estado se vuelve güelfo y ultramontano, y así patriarcal, por extorsión del clero y la infiltración de los clericales. Genealógicamente, la religión es contemporánea de la propiedad privada (incluso de esclavos), la familia monogámica y el Estado como órgano opresivo que impone coactivamente la desigualdad. La religión, además de una fuente de consuelo para un mundo que ha sido transformado en un “valle de lágrimas” y en un “lugar de tránsito al trasmundo”, es la encargada de la legitimación ideológica de esas instituciones. Las religiones son las “ideologías” o las productoras de “falsa consciencia” que legitiman la propiedad patrimonial (antaño hasta de personas y ahora la capitalista) y a las jerarquías del Estado y de las teocracias.

– 7 Los combates pendientes. La mortificación de Micaela no fue perpetrada con su asesinato. Entonces se consumó, pero había comenzado mucho antes, cuando fue socializada como “mujer” y así se la volvió vulnerable a esa violencia completamente específica, que no debe interpretarse como “violencia sexual” sino de género. La exigencia de la destitución por mal desempeño de un juez no debe eclipsar que la amplitud de los horizontes de la lucha contra el patriarcado (que transforma también a los varones socializados en el género en víctimas completamente específicas), es mucho mayor, pues incluye la abolición de la familia patriarcal, del Estado güelfo y patriarcal y de la religión que los sacraliza y santifica.
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