Colaboraciones

¿Alcanza con leyes?

“You say you’ll change the Constitution, well, you know, we all want to change your head” (John Lennon, “Revolution”)
Agrandar imagen Dr. René Favaloro.
Dr. René Favaloro.
Solemos creer que el dictado de leyes es el remedio adecuado para solucionar muchos de los males o problemas que nos aquejan –como sociedad– desde antaño. Es un lugar común, en ese sentido, escuchar desde variados estamentos que “el problema” son las leyes, que se juzgan inadecuadas, anticuadas o inidóneas para dar solución a las más diversas dificultades que obstaculizan nuestro desarrollo integral como Nación.

En ese derrotero, no es infrecuente escuchar a supuestos “gurús del pensamiento” (¿?) que pueblan algunos sets de televisión de Capital Federal esgrimir –con presunta autoridad inquebrantable– que la solución principal para los gravísimos problemas que arroja nuestra vida en comunidad pasa por corregir los defectos en la legislación vigente y sancionar nuevas leyes. Sin embargo, no hay tal.

Es importante, como en tantas áreas, recordar lo que ya advertía una mente tan poderosa como la de Rousseau, quien probablemente haya sido uno de los filósofos que influyeron en el devenir del mundo occidental –baste recordar la incidencia decisiva que su pensamiento tuvo en la Revolución Francesa (cuenta la leyenda que Robespierre, figura central de esta revolución, antes de ser decapitado, tenía “El contrato social” en su escritorio)– respecto del impacto de las leyes en la sociedad y sus particularidades propias.

“Si es cierto que resulta raro encontrar a un gran príncipe, ¿cuánto no lo será encontrar a un gran legislador? Para dar leyes a los hombres, en verdad, harían falta dioses. Del mismo modo que, antes de levantar un gran edificio, el arquitecto observa y sondea el terreno para comprobar si puede soportar su peso, el legislador sabio no empieza por redactar leyes buenas en sí mismas, sino que antes examina si el pueblo al que las destina es apto para recibirlas. Por eso se negó Platón a dar leyes a los arcadios y a los cireneos, al saber que estos dos pueblos eran ricos y no podían soportar la igualdad; por eso se vieron en Creta buenas leyes y hombres malos, porque Minos no había disciplinado sino a pueblo plagado de vicios” (Rousseau, Jean-Jacques, El Contrato Social, M.E. Editores, Madrid, 1993, pág. 84).

ILUSIONES. Por supuesto, y nos apresuramos a señalar esto por si algún desprevenido pretende extraer alguna interpretación forzada de lo que venimos diciendo, de ningún modo estas líneas pretenden desmerecer o “achicar” la relevancia que el Parlamento tiene en nuestro Estado de Derecho. Para nada. Su recto funcionamiento es uno de los aspectos trascendentes para asegurar un desarrollo estable y sostenido.

Sin embargo, lo que sí resulta imprescindible es poner de relieve –ante la repetición incansable de quienes proclaman estas ideas cual si fuesen “verdades reveladas”– que, pretender que la ley tiene semejante fuerza o impacto en la sociedad no pasa de una ilusión.

No sólo por la anomia ya crónica de nuestra sociedad –que magistralmente pusiera de relieve hace ya muchos años Carlos Nino en “En un país al margen de la ley”– sino, sobre todo, porque las leyes, por sí solas, carecen de posibilidad de transformar la realidad social y son sólo un elemento más en esa faena.

Lo central, por el contrario, afinca en los valores culturales que se irradien desde dos “lugares” incomparables en su importancia: la familia y la escuela. Cualquier modificación que se pretenda en cualquier país del planeta que crea que con el solo concurso de las leyes logrará trazar la senda del desarrollo, sin acompañamiento de valores que se transmitan desde la escuela y “la casa”, no tiene posibilidad siquiera de “arrancar”.

En la hora actual parece dar lo mismo esforzarse que no hacerlo. El pavoroso y lamentable espectáculo de jóvenes que admiran a personajes que hacen un culto al facilismo, la frivolidad y la holgazanería –al calor de medios de comunicación que (a salvo honrosas excepciones) los enaltecen día tras día–; de institutos universitarios donde prácticamente se “regalan” títulos; de personas que –entre fiesta y fiesta– se “regodean” imputando “holgazanería” –en forma generalizada– a toda persona de bajos recursos o de zonas humildes cuando muchos de éstos últimos –al revés que aquellos– dan muestra diaria de sacrificio y perseverancia para “salir adelante” (en vez de, por ejemplo, caer en la delincuencia); de padres donde ante la obtención de alguna baja calificación por parte de sus hijos –en vez de instarlos a redoblar esfuerzos– concurren a increpar (!!!) a los maestros, bosqueja un escenario, ciertamente, tenebroso.

EL MEJOR EXPONENTE. El camino de la honradez y el esfuerzo que pregonaran nuestros abuelos y bisabuelos venidos de extrañas tierras a poblar con valores este glorioso suelo, se va enlodando día tras día al compás de la asunción dominante en nuestra comunidad de que “dar lo mejor de cada uno” en lo suyo carecería de sentido, por cuanto lo único relevante al fin y al cabo es vivir en la mediocridad existencial.

Como lo han señalado pensadores de todas las épocas (por nombrar uno de enorme estatura, Max Weber), un país donde cada uno –partiendo del lugar que parta– da el máximo de sí en cada labor que acomete, es probable alcance un mayor grado de desarrollo integral por cuanto el progreso cultural que dimana de la yuxtaposición de cada “conducta individual optimizada” tiene incidencia positiva en las variables económicas, políticas y sociales.

Y cuando dicho esfuerzo individual va enlazado, a su vez, a un compromiso, serio, desinteresado y generoso con quienes sufren a diario las –de suyo, injustas– consecuencias de la marginalidad, la pobreza y la falta de igualdad de oportunidades, pues entonces estamos en presencia de ese “bio-tipo” de hombres que tanta falta hacen en nuestro querido país. Quizás uno de los mejores exponentes de esta conjunción tan infrecuente como necesaria haya sido –al menos en las últimas décadas– el Dr. René Favaloro, quien, no casualmente, terminó suicidándose ante un “eco-sistema” infectado de valores absolutamente antinómicos a los por él enarbolados.

Revertir esta deplorable realidad cultural que infecta todo e inocular los valores que supieron transmitirnos nuestros abuelos es labor que empieza por la familia (donde cada uno como padre tiene una responsabilidad inocultable también para el país) y, claro está, por la escuela.


*Abogado. Doctor en Derecho (UNL).
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