Colaboraciones

El legado de un playboy

Reconocen a Hugh Hefner como iniciador de un tipo de cultura norteamericana alternativa a la tradicional.
Agrandar imagen Hefner, un ícono cultural.
Hefner, un ícono cultural.
Murió Hugh Hefner y eso es un hecho propio del acontecer humano. Sin embargo, el célebre y controversial anciano que ya no podrá vestir sus batas de seda en pleno mediodía dejó un legado performativo de la cultura, que inició a mediados del siglo XX y tiene plena vigencia en nuestros días.

El imperio Playboy, junto a Coca Cola y un diminuto círculo de marcas globales, pueden jactarse de transformar la cultura de corte individualista y snob, surfeando década tras década, perviviendo a guerras y ciclos económicos tanto favorables como adversos. La del conejo es una marca registrada para una infinidad de productos, fundada en Chicago, en 1953, originalmente como una revista que tuvo en su primera tapa a Marilyn Monroe. Con el correr de los años, mes a mes, pasaron por sus páginas las mujeres más bellas e influyentes, y ocasionalmente hombres, como es el caso de Donald Trump.

MÁS ALLÁ DE LA OBVIEDAD. A partir de la muerte del excéntrico empresario se escribieron innumerables artículos de opinión y color sobre la mansión y sus oscuros secretos. Muchos daban noticias del presente de las innumerables playmates que, debemos decir, no es cualquier modelo gráfico sino un tipo específico de mujer, con ajustados cánones estéticos, que apunta un específico circuito de consumo. Playboy construyó una cultura propia, glamorosa y desprejuiciada. En el presente artículo no ahondaremos sobre la obviedad, sino que buscaremos comprender el producto Playboy desde la lúcida palabra de Paul B. Preciado, filósofo transgénero español, quien en 2010 publicó “Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría”, un derivado de su tesis doctoral por la Universidad de Princeton, ensayo con el que además ganó el prestigioso premio Anagrama.

El ojo de la lente del conejo poco o nada tiene que ver con la vulgar y llana categorización de “pornografía” (pues no lo es, al menos en el sentido corriente de la palabra). Entre las secciones de la tradicional publicación encontramos dandismo y buen vivir, gastronomía y tendencias urbanas, viajes y hotelería de lujo. Cánones estéticos que atravesaron la moda, la publicidad, la arquitectura, la decoración y el cine e hicieron de la marca un modelador cultural de dimensión global. Un sello de pertenencia, es decir, un mecanismo de producción pública o aquello que Preciado denomina espectacularización de lo cotidiano.

En palabras de Hefner, la mítica mansión sería una casa de ensueño y un refugio, donde uno fuera capaz de transformar la noche en día: “buscaba crear mi propio universo, donde me sintiera libre para vivir y amar de un modo en que la mayoría de la gente sólo se atreve a soñar”.

Se inició durante las décadas del sesenta y setenta una operación mediática-inmobiliaria sin precedentes: se construyó un archipiélago de clubes, hoteles diseminados por América y Europa que sirvieron de materia prima para las ediciones de la publicación mensual y así, en un doble proceso de construcción y mediatización, es que Playboy no sólo supera la mera revista de contenido más o menos erótico, sino que forma parte del imaginario cultural de la segunda mitad del siglo XX. Es la medida de la era de las comunicaciones de masas y de la industria del entretenimiento o, como su fundador lo llamara, una Disneylandia para adultos, porque transformar al hombre heterosexual americano en un playboy suponía inventar un tópos, un hábitat; crear un espacio, proponer un conjunto de prácticas ajenas a las de la tradicional casa suburbana. Atravesar esa casa modelo, familiar-burguesa de posguerra, con un dispositivo virtual que se despliega a través de la imagen y los textos, primero en soporte papel, luego en televisión y más adelante de manera online.
CALENTANDO LA GUERRA FRÍA. El primer número de la revista apareció en noviembre de 1953, apenas sorteando las leyes anti-obscenidad que restringían la distribución de textos e imágenes con contenido sexual a través de la prensa. Se vendieron 50 mil ejemplares y en sus páginas podían leerse artículos sobre literatura, un cómic sobre adictos, un especial sobre música jazz. Arte y diseño de una oficina moderna.

Todo esto, de una u otra manera, ya circulaba en otras publicaciones desperdigadas por nichos de consumo. Sin embargo, la apuesta de Hefner estuvo dirigida específicamente a intensificar el deseo de un público masculino, adulto, heterosexual, blanco, de clase media, incorporando todo a una misma publicación. La apuesta se anticipaba al final de la Guerra fría y fue sin duda de las primeras luces del destape.

La publicación de Hefner, un poco por azar y otro por anticipación, se distinguió de las otras al considerar que la caracterización de roles del siglo XIX estaba en franca retirada: las secuelas de la II Guerra Mundial obligaban al mercado, y con ello a la propia estructura familiar, a considerar nuevas funciones y articulaciones. Así se puso en circulación un combativo discurso destinado a construir una nueva identidad masculina, un escalón más en la narrativa del sueño americano, mediante la creación de un nuevo espacio radicalmente opuesto al de la familia nuclear. O dicho de otro modo, redefiniendo la estructura de roles establecidos por el sistema patriarcal capitalista, donde el espacio público de la acción estaba destinado al hombre proveedor y la interioridad del hogar para crianza de los hijos, destinada a la mujer, esposa y madre.

El objetivo de Playboy fue meter a los hombres en el interior de sus hogares y dotarlos de una sexualidad de ensueño que otras publicaciones de la época negaban. Mientras las revistas masculinas del momento fomentaban las escapadas de pesca y caza, la del conejo aconsejaba sobre coctelería, urbanismo, juegos de azar y buen comer. Lo que años después fue considerado un guiño con ciertas facciones feministas, al cuestionar la conformación familiar tradicional, la distribución de espacios y los roles añejos. Playboy arremetía contra las instituciones tradicionales y liberaba al soltero de gustos refinados, de la prejuiciosa sospecha de ser homosexual, por no ajustarse a las normas hogareñas tradicionales.

Estudiante de Filosofía (Uader)
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