Colaboraciones

El atroz saqueo de Gualeguaychú

La casa de Haedo, testigo de la historia de Gualeguaychú, fue tomada como cuartel por Giuseppe Garibaldi durante los días que tardó en saquear la ciudad.
Agrandar imagen La casa de Haedo.
La casa de Haedo.
No son pocas las personas que pretenden ignorar –o entender benévolamente- un suceso que hirió literalmente a sangre y fuego esa ciudad de la provincia de Entre Ríos, confiando quizá que el paso del tiempo termine por cubrir definitivamente con el manto de una amnesia colectiva las crueles jornadas de septiembre de 1845. Valga, como prueba, lo que expresa el escritor Amaro Villanueva, exaltando lo cumplido por el jefe invasor en el Estado de Río Grande do Sul (Brasil) porque “traducía la aspiración de los brasileños a gobernarse por sí mismo, liberándose de la autoridad despótica de la monarquía y el clero” (sólo por cuestiones ideológicas se explica que alguien olvide lo padecido por la población de una ciudad de su propia provincia natal).

Pero pasemos a los hechos. El 18 de septiembre de dicho año, una escuadrilla formada por cinco buques de cruz y catorce –entre lanchones y balleneras, al mando de Giuseppe Garibaldi- pasó por la boca del río Gualeguaychú y remontó el río Uruguay unas seis millas marítimas para que nadie sospechara un inminente ataque. En la noche del 19 al 20 sorprendieron a los dos guardias que custodiaban la Boca en una nave ligera, entrando en el Puerto. En la madrugada del 20, desembarcaron en un Saladero, distante una legua de la ciudad, y la atacaron. Sorpresivamente hicieron prisioneros al comandante, a las demás autoridades y guardias nacionales, fortificando los puntos más importantes (en una casa de familia céntrica –destinada a Cuartel General- colocaron un cañón). Y de inmediato, se inició el saqueo. Los vecinos vivieron dos días de pánico, en los que “los legionarios saquearon las casas de familia y principalmente las de comercio”, precisa el historiador Adolfo Saldías basado en las protestas de los comerciantes (sardos, españoles, portugueses y franceses) que la Gaceta Mercantil publicó el 23 de octubre, llevándose los saqueadores un botín calculado en 30.000 libras esterlinas.

Los comerciantes damnificados suscribieron una protesta, especificando los artículos y las sumas de dinero que les habían sido robadas: José Benítez (portugués): su almacén, por valor de 5.000 pesos (sin incluir la goleta “Joven Emilia”, que se llevaron); Agustín Peyrelo (sardo): saqueo en sus dos casas de comercio, por 6.700 pesos; Juan Iriarte: asalto a su almacén, por 1.210 en artículos y 975 pesos en efectivo; Juan Sousa Martínez (portugués): robo en su casa –en efectos y dinero- por 1.600 pesos; Antonio Peirano (sardo): efectos de su tienda, por $2.600 (llevado ante Garibaldi, reclamó la devolución pero este contestó que era un mal que no podía remediar); José García Sobral (español): saqueo de su negocio y robo de dinero que tenía en un baúl, por $1.710; Domingo Elizate (vasco francés): saqueo de su casa, a mano armada, por $ 346; Andrés Chichizola (sardo): saqueo de su negocio e intimación a mano armada para que entregue el dinero efectivo, por un total de $1.035. Por saqueo en sus negocios e intimación a mano armada siguen: Juan Lucero (argentino), Juan B. Solusse (francés), Juan Costa (sardo), Juan Echevarría (francés), Pedro Alcahenest (francés), Juan Guenon (francés), Juan Isaldi(francés), Juan Archaine (francés), Pedro Valls (francés), Juan Jaureguiberri (francés), Juan Iturralde (francés), Lorenzo Aguerre y hermano (franceses), Bautista Doyhenard (francés), Juan Arambago (francés), Samuel Icart (francés), Jerónimo Gómez (argentino), Leopoldo Espinosa (argentino), Prudencio Gómez (argentino), Juan Méndez Casariego (argentino). En total: 31 casas de negocios saqueadas en una población de 4.000 habitantes. Hay constancia, asimismo, de que tampoco fue ajena al saqueo la chacra de don Francisco Lapalma –sita entonces en los suburbios de la villa (hoy Museo de la Ciudad)- cuya quinta producía abundantes frutas, que su propietario industrializaba o enviaba a Buenos Aires por vía fluvial.

RETIRADA. En la noche del 21 de setiembre, Garibaldi ordenó la retirada al saber que se aproximaban las fuerzas de la división Nogoyá –al mando del Comandante Reinoso- y el escuadrón del Teniente don Rosendo Fraga.

Para el caso de que algunas personas –que desconocían lo que aquí se ha descripto- puedan pensar que se trata de una acción única, quizá forzada por especiales circunstancias, resulta conveniente reproducir el relato de lo ocurrido en la uruguaya Colonia, asaltada y saqueada por los mismos mercenarios veinte días antes que la Villa entrerriana, según se relata en el sitio ‘La Gazeta Federal’: “Las jóvenes corrían despavoridas por las calles de Colonia del Sacramento, aullando de terror con sus ropas desgarradas. Los saqueadores arrasaban con todo lo que encontraban.

El cielo parecía cobrar vida con el relumbre de los incendios. El jefe de los vándalos … echó las culpas a lo «difícil de mantener la disciplina que impidiera cualquier atropello, y los soldados anglofranceses, a pesar de las órdenes severas de los almirantes, no dejaron de dedicarse con gusto al robo en las casas y en las calles. Los nuestros, al regresar, siguieron en parte el mismo ejemplo aún cuando nuestros oficiales hicieron lo posible para evitarlo. La represión del desorden resultó difícil, considerando que la Colonia era pueblo abundante en provisiones y especialmente en líquidos espirituosos que aumentaban los apetitos de los virtuosos saqueadores». Ni siquiera la iglesia se libró de los desmanes, ya que en ella
se celebró la victoria con orgías y borracheras”. Durante su estancia de varios días robaron, asesinaron a pobladores civiles, incendiaron e incluso agraviaron a doña Ana Monteroso –descendiente de italianos y esposa del insigne general don Juan Antonio de Lavalleja- lo que llevó a los partidarios de Fructuoso Rivera, sus aliados uruguayos, a considerar que tan escandalosa conducta los desacreditaba.

En sus partes de batalla, el General don Eugenio Garzón –que marchó desde Buenos Aires a combatirlos- escribió: “La escuadrilla salvaje … ha pasado de Fray Bentos pero ha hecho un asalto al territorio entrerriano en el que ha cometido el bárbaro atentado de saquear un pueblo indefenso, que no ofreció ninguna resistencia…”.

Para finalizar, nada mejor que transcribir lo que el propio “héroe de los dos mundos” expresa en sus “Memorias”, justificando el saqueo en suelo entrerriano: “El pueblo de Gualeguaychú –aclaro que se refiere a la Villa (y no a sus pobladores)- nos alentaba a la conquista por ser un verdadero emporio de riqueza, capaz de revestir a nuestros harapientos soldados y proveernos de arneses. Era preciso desembarcar en él. Adquirimos en Gualeguaychú muchos y muy buenos caballos, la ropa necesaria y algún dinero que se repartió entre nuestros pobres soldados y marineros que tanto tiempo llevaban de miseria y privaciones”.
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