Colaboraciones

Carta de un visitante que se va

"El mundo es vastísimo, es inagotable en magnitud y diversidad y aun así es una mota de polvo en la sala de espera del universo", reflexiona el autor de la presente nota.
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En ocasiones creemos que estar afuera no es otra cosa que salir de casa. Vivimos una vida tranquila, haciendo cosas que debemos hacer, viviendo cosas que debemos vivir: salimos, interactuamos con otros, conocemos gente, nos olvidamos de gente, todo esto transcurre en ese enorme espacio que llamamos afuera y que puede identificarse con un concepto esquivo: el del mundo. Nadie puede preciarse de estar por fuera de ‘el mundo’, pues es el espacio que lo abarca todo; y cada vez que damos un paso por fuera de la seguridad de nuestra casa, cada vez que decidimos adentrarnos a lo desconocido, nos sumergimos cada vez más en el afuera.

Esto es lo que ordinariamente creemos. Yo mismo fui preso muchas veces de esta clase de prejuicios: no conocía en absoluto la experiencia de ser extranjero. A lo mejor se debe a que estamos tan ensimismados en nuestro propio día a día que nos cuesta trabajo imaginarnos la vastedad de la que formamos parte. Y poco sirve ver vídeos sobre astronomía que nos muestren lo pequeño que somos en el sistema solar, en la galaxia, en el universo. Hace falta seguir las palabras del sabio Confucio, pues lo que nos cuentan lo olvidamos, lo que vemos lo entendemos, pero sólo lo que hacemos realmente lo aprendemos. Necesitamos salir de casa en el estricto sentido de la palabra.

Hemos conformado un pequeño mundo al que sería justo ponerle el nombre de: nuestra casa.

Nuestra casa cobija tanto como hayamos visto y no pueda llegar a sorprendernos. Nuestra casa es un lugar previsible: no haría falta conocer la medida de cada rincón o recoveco para decir que la conocemos. Para saber que estamos en ella sólo basta reconocerla; saber que cada una de sus posibilidades puede ser prevista es la mejor manera de sentirnos sus propietarios. Si de la nada yo viera desfilar un grupo de pavos reales por la sala de mi casa, por ejemplo, tendría que aceptar que ya no puedo preverla, que ya no es mi casa, que cualquier cosa puede ocurrir, que esté fuera de mi control.

MI CASA, EL MUNDO. Pues bien, a lo que voy es que hemos creído siempre que nuestra casa es el mundo. Aquella creencia es un terrible monstruo que quién sabe hasta donde extiende sus tentáculos. El mundo es vastísimo, es inagotable en magnitud y diversidad y aun así es una mota de polvo en la sala de espera del universo.

Pero no nos distraigamos: si no hemos conseguido captar la vastedad del mundo, difícilmente consigamos captar la del universo. El mundo, decía, es enorme, y nosotros cometemos el error de llamar el mundo a la totalidad de nuestras experiencias: más aún cuando el porcentaje de lo que realmente conocemos se escribe con un cero, una coma y luego otro cero. Somos pequeños juguetes en la habitación de un niño: creemos que la realidad se extiende poco más que hasta donde nos alcanza la mirada, siendo verdad, en cambio, que la ciudad donde aquel niño vive no se limita por hasta donde les alcanza la vista a sus juguetes.

Haber visitado Argentina resultó ser algo menor al shock que se siente con un baño de agua fría. Nunca esperé que las costumbres de sus gentes fueran más ilustrativas para mí que las mismísimas clases. Nunca esperé que los hermanos de un mismo continente fueran tan distintos a nosotros mismos. Haber venido me ayudó a replantearme mi situación como ser humano: aquel mundo que yo había creado, aquel al que había dado el arrogante apelativo de ser el mundo no era otra cosa que mi mundo.

Es cierto que mi mundo no tiene pavos reales desfilando por la casa, pero tampoco tenía (ya puedo decir que sí), personas que no me entendieran a la primera por tener un acento distinto a ellos o personas a las que a mí me costara entender lo que decían. El mundo argentino, la totalidad de sus experiencias localizadas, era algo impensable para mí. Fue como una lluvia de almíbar en el patio trasero de una casa: nadie podría preverlo. Más aún: cuesta trabajo convencerse que lo que llueve es almíbar y no agua corriente.

EL MUNDO, MI CASA. El país al que arribé hace poco más de tres meses era conocido por mí por cosas distintas a las que hay. Entre multitudes Argentina es conocida por su fútbol, por el mate, por el tango y por la carne. Unos pocos más la conocerán por las noticias, por los embrollos políticos en los que mantiene. El grupo más reducido de la lista podrá citar a José Hernández, a Pizarnik, a Borges y a Cortázar. Pero a ninguno se le habría ocurrido pensar en carne con cuero, en boliches trasnochadores sin mesas y sin sillas, en el fernet con coca o en el cuarteto.

Pocos o ninguno podrían imaginarse que sus gentes no son altivas y déspotas como los caricaturizan en los programas de humor, siendo tal que no sin cierta previsión se viene uno a visitar la tierra del mate y el tango. Por el contrario, lejos de la arrogancia y la xenofobia, el argentino se muestra interesado en la nueva cultura: a tal punto que ni una ni dos, sino más veces, resulté apabullado con preguntas sobre el lugar del que venía.

No pocas veces me sentí que resaltaba entre el común y una que otra vez (sé bien que sin intención) me hicieron sentir que venía de otro planeta. Era un suceso digno de admiración para ambos: tanto ellos como yo no esperábamos ser tan distintos. Aquello que ellos llamaban “cumbia” apenas guardaba parentesco de segundo grado con nuestra cumbia, aquello que ellos llamaban “almuerzo” nada tenía que ver con lo que comemos nosotros al medio día. Era el cruce de dos comarcas distintas que interactuaban en un curioso diálogo. Y confieso que se hizo más claro para mí lo distintos que éramos el día que los vi, sentados en ronda, pasándose el mate cual si fueran indios fumando la pipa de la paz. “Aquello no lo tenemos en Colombia”, recuerdo que me dije, y sentí un poco de congoja al ver una escena tan de camaradería que sé que no volveré a contemplar a menos que vuelva. Menos aún la costumbre de cocinar para nuestros amigos antes de salir a una fiesta.

LO VIVIDO. Aquellas experiencias han pasado a formar parte de un conjunto de nuevos conocimientos que no hubiera podido adquirir en ninguna otra parte y de que, si lo hubiera oído, volviendo a Confucio, no mucho tiempo después lo habría olvidado.

De todo este viaje que está por terminar me quedó la perogrullada de que el mundo es un lugar inmenso. Sus límites no han sido ni serán completamente trazados, pues no hay un sólo hombre que haya podido visitar todas las culturas. Hasta en pequeños matices se revela la inmensidad de este lugar, al que no basta ver desde las páginas frías de un libro de geografía, hace falta vivirlo.

Pues sólo viviendo podemos incorporar lo que no conocíamos a nuestra casa. Sólo teniendo acceso a lo íntimo, a la vida misma de las gentes de otros lares, podemos sacarle el jugo este proceso de extender los límites de nuestra casa, de salir realmente al afuera. Sólo saliendo podemos permitirnos dejar la mezquindad de pensar que lo que conocemos abarca cuanto es y darnos a la generosidad de la que la vida y el mundo han dispuesto para nosotros.
*Estudiante de Filosofía

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Cultura Mundi
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